jueves, 1 de septiembre de 2011

Lo bueno de hacerte mayor e irte de casa (yo creo que debería haber una ley que nos obligara a irnos de casa a los 18 por el bien nuestro y de nuestros padres) es que ya no tienes que hacer cosas que por lo menos a mi hay ciertos días que me sacan de mis casillas. Como por ejemplo ese día en el que tu madre se levanta con ganas de limpiar la casa profundamente, techos y ventanas incluídas. O que tienes que estar limpiando la mierda de los demás, mientras tu hermano, que por el hecho de ser hombre y el pequeño de la casa, se rasca los huevos, solo se esfuerza para ensuciar. Tienes que levantarte a una hora en concreto, todos los días menos el domingo. Tienes que aguantar a invitados a comer cuando lo único que te apetece es estar sola. Hay momentos en los que no puedes ver una peli tranquila porque solo se oyen gritos y ruidos por todas partes. En mi caso, tengo que ocuparme de animales que no son míos. Cuando te vas de casa hay cosas que no vuelves a hacer en la vida. Dejas de sentirte culpable por cosas absurdas como a la hora que te levantas (aunque esto tarda en desaparecer, hay momentos que durmiendo en la cama de mi casa me despertaba sobresaltada creyendo que estaba mi madre gritando mi nombre), tienes total libertad de horarios y ocupaciones domésticas. Tu vida no se rige por unas normas inventadas en la escuela de madres. En mi caso por la mañana está prohibido ver la tele, hay que limpiar. Hacer algo. Hablo en los casos en los no tenía que ir al instituto. También hay otras cosas bonitas que se pierden, pero esto no sé si es por irme de casa o por el avance del envejecimiento.

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