lunes, 1 de noviembre de 2010

Cuando llegas a los 30, dos nuevos temas de conversación irrumpen de pronto en tu vida en boca de algunas personas que te rodean: la muerte y las herencias. Temas que no me interesan. Todos los días hay algún muerto conocido de mi infancia, aunque yo no lo recuerde. Y luego el tema de las herencias, que me causa ansiedad, yo soy como soy, y me llevo bien con mis hermanos y familia, no quiero nada, sólo quiero estar con mi amor y nada más, pero me da miedo que en el futuro algunas personas pierdan la cabeza y todo se vuelva una mierda. Sé que la mejor parte de mi vida ya pasó, aunque quizás la vida llegue a sorprenderme. Mi abuela tendrá unos 78 o así y dice que nunca fue tan feliz. Yo nací para una cosa y es para el amor, para mí la vida no tiene ningún sentido si tengo que vivirla sola. Toda la vida, bueno toda la vida no, el amor me interesó más bien tarde, yo era feliz siendo pequeña; esperando ese momento y cuando llegó me quedé paralizada, y no sólo eso, mostré mi peor parte, ni siquiera era mi peor parte, era una parte nueva, inventada, que no conocía, y ahora día tras día lo pago y nunca salda esta deuda. Te echo mucho de menos. Es una verdad asquerosa, pero una verdad.

1 comentario:

La Abutrí de Getafe dijo...

La madurez supongo que tiene muchos matices,depende de la persona que la sienta puede ser serena,dulce y sincera,otras veces melancólica y triste,pero nunca te deja indiferente,me encanta el desdoblamiento de personajes que puedo tener yo misma cambiando la edad,la verdad es que no deja una de conocerse cada día,independientemente de la edad que se tenga.

Besos.

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